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Siete Semanal
Última actualización
22-8-2008
Miranda

Paisajes de la sal

Las explotaciones tradicionales de sal en Burgos, Soria y Zamora reflejan un oficio duro, esclavo y penoso, que jugó un papel crucial en las economías locales

   Antoguos trabajadores al lado del monumento salinero.

"La sal de Poza tiene mucho mejor sabor, porque el azufre se lo lleva el aire, está menos granizada y es más menuda". Eugenia Ruiz es quien lanza tan orgullosa afirmación, reforzada con ésta otra: "Además, nuestra sal era tan buena que con una gotita de agua se hacía líquida". Esta mujer vivaracha y extrovertida ha cumplido los 75 años y fue salinera durante más de cuatro décadas, "hasta que dejó de ser rentable, a principios de los años 60". Recuerda Eugenia, a quien le salieron los dientes en el Salero, que "no había otra cosa, en invierno, al viñedo; en verano, a la salina". Durante cuatro meses, de sol a sol, la vida en Poza de la Sal giraba en torno a la extracción de salmuera. "No había domingos, por la mañana regábamos las eras y por la tarde había que rascar y recoger toda la sal con el rodillo".

En este pueblo burgalés asomado a la comarca de la Bureba, los montes Obarenes y la Sierra de la Demanda, la sal ha escrito la historia de sus lugareños durante siglos. Sin embargo, por encima de este soberbio paisaje sobresale el diapiro. De su importancia da cuenta Itziar González a quienes se acercan al Centro de Interpretación Las Salinas, "esta maravilla geológica forma un falso cráter, de tal elegancia natural, que encierra dentro de sí la cuenca salinera, que con toda seguridad dio el nombre actual a la villa, por su forma y por su contenido". Desde la Prehistoria fue utilizado para la obtención del preciado cloruro sódico, fundamental para la conservación y aderezo de alimentos y para otros usos industriales y medicinales.

No es el único espacio de Castilla y León donde se puede admirar lo que se suele denominar el "paisaje de la sal", que engloba tanto los elementos del patrimonio cultural como del patrimonio natural que tienen un común denominador, la sal. Además de las salinas de Poza de la Sal, en esta misma provincia se mantienen antiguas explotaciones en Salinillas de Bureba, Salinas de Rosío y Herrera. En la provincia de Soria, hasta hace algo más de una década mantuvo su producción, en Medinaceli, la empresa 'Salinas Eloisa y Santiago"', junto a la carretera Nacional II. También, se pueden observar vestigios de esta actividad en las lagunas zamoranas de Villafáfila.

Katia Hueso, la presidenta de la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior, apuesta por mantener viva la explotación de las salinas, "aunque sea a pequeña escala, ya que el mantenimiento del proceso extractivo asegura la conservación de todos los componentes patrimoniales en buenas condiciones". Sin embargo, sólo en Poza de la Sal se han preocupado de desarrollar estos valores con la creación de un Centro de Interpretación y un programa de visitas guiadas al Salero. "Además, hemos conseguido habilitar algunas eras y en verano producimos sal", comenta con satisfacción Itziar, después de explicar a un grupo de turistas vascos cómo la sal fue la primera actividad en esta villa, por lo que su influencia dejó cierta impronta no sólo en la actividad económica, también en la naturaleza, los edificios y el folklore.

Galerías de sal

La clave de la elevada calidad de la sal que se producía en Poza la explica Eduardo Sáiz, autor del más exhaustivo trabajo de investigación sobre el Salero y de unos excelentes dibujos que ilustran cada uno de los procesos, cuando recuerda que el riego de las eras se realizaba con unas grandes palas, lanzando al aire la salmuera. Había que efectuarlo en un momento del día muy concreto, "en un punto", lo llamaban los salineros, "ese punto era el que había que conocer y controlar" porque, además, "debía tener en cuenta el grado de la muera que estaba utilizando, para que éstas se distribuyeran bien en su caída y la velocidad de evaporación en ese momento del día", explica el etnógrafo para demostrar la mucha sabiduría que atesoraban estos trabajadores.

Eugenia, Martina, Isabel y Marino tienen experiencias comunes. Todos recuerdan que en invierno se extraía la muera del subsuelo y se guardaba en un pozo. Martina García aprendió a nadar en el pozo de Vitorina. "¡Qué contenta me puse cuando lo conseguí!", comenta con la mirada risueña esta mujer de 74 años que, hasta bien cumplidos los 40, pasó todos los veranos de su vida en el salero de Poza de la Sal.

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