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Miranda
Miranda y sus MontesCon zapatos de gorila y medias de algodón, con rombos de colores ensortijándose en las mocetas espinillas, subiendo montes y oteando riscos, desde almenas naturales, al rebozo de manantiales vírgenes y zigzagueando veredas naturales, arriba y abajo, monte va y monte viene, desde que fuimos niños y ya salíamos a andar sin desmayo, a descubrir el mundo que teníamos tan cerca, venteando el monte bajo que orlaba Miranda a orillas del Ebro. Desde los Obarenes hasta el Toloño, desde la cruz de Motrico hasta la cueva del Santo, desde que apenas se alzaba la altura de un mocoso, con su cuadrilla de siempre, tras el padre que guiaba o con los frailes que subían y bajaban, descubriendo trochas nuevas, alzándonos sobre las peñas de Cellorigo o buceando el vallejo hacia Herrera, ascendiendo con ardor a la Verdina o sesteando a la vera de San Miguel, reconociendo suelos y matas, bosques y claros, recolectando a buenas, avellanas o endrinas, setas o tes de roca, hollando palmo a palmo cada rincón de los montes que mecían a Miranda sobre su amplia vega. Que ni montañas, ni cumbres, ni sierras, ni picos, apenas y nada menos que montes, para recorrer en cuanto se dispusiera de unas horas, de un día libre para no saber qué hacer que no fuera salir al monte. Como bravos tramperos de poca monta, como muchachos entusiastas tras el milagro de descubrir el patio de su casa que era el monte, como hombres hechos a la brega diaria desempolvando ilusiones baratas e impulsos ancestrales, como cuadrillas imparables, bruñidas de vida y risas, triscando su amor a la tierra bravía, recia e hirsuta, espinosa y feraz, que les vio nacer y les contempló crecer, redescubriendo cada domingo, cada amanecida libre los montes de su pueblo, los montes de su ciudad, Miranda. Y así quedaron en la memoria de quienes nos fuimos, y ahí continúan en el aliento vital de quienes vuelven a dejarse acoger, en cada salida, cada sábado o domingo, cada mañana o tarde , a sus pagos, fieros y libres, singulares y ariscos, para que sigamos acudiendo, en cuanto podamos, a su seno recóndito, vario e inacabable de generosidad, ofreciendo su ración estacional de belleza inigualable, como si fuera algo muy nuestro, tan cercano como propio, tan arraigado en nuestra memoria que nos reconcilia con nuestra esencia mirandesa, como si hubiera dejado sobre todos nosotros su impronta indeleble. Soñando o reviviendo el empeño juvenil como una perenne necesidad de volver a la naturaleza, como si jamás hubiéramos dejado de echarla un poco en falta. Antonio García Gómez
¿Le parece buena idea separar los servicios del Ayuntamiento en varios puntos de la ciudad para abaratar costes?
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