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Miranda
MendigosQue parecen florecer en verano, más desastrados, si cabe, en su desvalimiento imprescindible por llevar a buen fin su tarea, atentos a su perentoria supervivencia, como si fuera, que lo es, su asunto de ineludible atención. Con dedicación,entonces, y mayor necesidad, sin duda, a pesar del ojo escrutador del personal postor que escudriña cualquier fisura en la desolada intención del pedigüeño, por si acaso, por si el óbolo de la tranquilidad de conciencia va a consumo de vinacha perrurbador o, bien al contrario, los céntimos, montón a montón, van a sanear la hambruna macilenta de los pobres de solemnidad. Y es que cada quien ha de ocupar su papel con profesional destreza, como si la situación fuera desesperada, que lo es, para unos más que para otros, como si la bondad manifiesta de cuestor no fuera a ser burlada por cualquier rinconete de tres al cuatro. Por eso los mendigos se multiplican, por si la ocasión la pintan calva y no está la cosa para tirar cohetes, se especializan, con o sin cartelillo, con o sin habilidad malabar, con o sin soniquete que prestar a las conciencias bienintencionadas, y, cómo no, se dejan la piel, hora tras hora, por sacarse un jornalillo de medio pelo, con la mirada caída, el gesto vencido y el balbuceo petitorio suficientemente estremecedor para lograr la monedilla de rigor, aunque agote a los buenos transeúntes en su descuidada holganza, por dios, por su salud, caballero, señora, por lo que más quiera, que alguien se lo pagará. Y es que en el verano parece que el tiempo acompaña al atosigamiento de la caridad callejera, entre números musicales, escenas piadosas o esperpénticas, peticiones directas de ayuda inmediata, con la foto familiar por delante, la mano en idéntico sentido, la gorrilla al descuido sobre el suelo, el testimonio de la pena infinita al paso del bienestar de los demás, para que nadie eche las campanas al vuelo, no vaya a ser como que no se quiere ver lo que nos mortifica y conduele. Y como hormigas esforzadas y aplicadas, bajo la canícula correspondiente, el mendigo, los mendigos, dibujando la geografía española con el rasgo desvaído que nadie quiere reconocer del todo, ahora que toca divertirse y olvidar que siempre hay otros mucho peor que nosotros. Pero, en fin, eso seguramente es otra historia Antonio García Gómez
¿Le parece que la fuente escultórica que se plantea en la rotonda de Ronda del Ferrocarril es un gasto superfluo?
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